mamá a los 40

Último capítulo de Mamá a los 40

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Cuando nació la Ángela estaba llena de temores. Tenía cuatro hijos sanos, grandes y hasta antes de quedar embarazada a los 40 años, pensé que eran todos. Esta quinta guagua llegó a trastocar una rutina casi perfecta que teníamos entre los seis. Los espacios de la casa, los tiempos, los autos y en general, todo, estaba pensado para Diego, yo y los cuatro niños.

Sin embargo, llegó este angelito, sin que nadie la llamara, de sorpresa, e irrumpió en nuestras vidas. No fue fácil y los meses de espera fueron de mucho miedo y ansias, pero ahora, mirando hacia atrás, valió la pena y lo haría de nuevo, mil veces.

Hoy la Ángela es una niña hecha y derecha y con el tiempo he descubierto que casi el 100% de mis temores fueron infundados. No creció con traumas, con Diego no hemos sido unos viejitos desubicados, sino que hemos crecido y aprendido a la par con nuestra hija lo que significa ser papás de una niña en estos tiempos.

Nuestros hijos mayores están casi todos casados y hasta nietos tenemos. Haber sido papás mayores nos ha acercado a nuestros nietos y no sentimos que perdimos la energía. La Ángela y sus sobrinos nos han obligado a estar atentos a los cambios y a las nuevas tecnologías. ¡Hasta hablamos como ellos a veces!

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Mamá a los 40, Garabatos!

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En la casa no decíamos garabatos lo que no quiere decir que los niños no lo hicieran, claro que siempre tuvieron la delicadeza de no hacerlo delante de sus papás. Nunca tuvimos que retarlos cuando chicos por decir malas palabras y si alguna vez a uno se le salió uno por ahí, no dio para mucho. Todo, hasta que un día durante un almuerzo familiar, un domingo con abuelos, tíos, primos y más, la Ángela, a propósito de nada y justo cuando se produjo un segundo de silencio, lanzó un improperio de grueso calibre. Lo recuerdo y me da tanta risa como cuando ocurrió, claro que en esa oportunidad no me reí.

Muchas veces me tocó presenciar una escena similar en casa de parientes y amigos y me llamaba la atención la incomodidad tan grande que algo “tan simple” incomodara tanto a los papás de los “bocasucia”. Ahora, en el mismo instante en que la Mocho se explayaba como si estuviera sola en el mundo, los entendía a la perfección. Quise que justo bajo mi silla se abriera un forado que me llevara directamente al centro de la Tierra. Seguir leyendo »

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Con Diego siempre tuvimos televisor en la pieza a pesar de que veíamos poco. En las noches preferíamos leer y las noticias las veíamos en la sala de estar, la mayoría de las veces rodeados de los niños.

Matías y Marcelo no quisieron televisor en su pieza porque, en un arranque de responsabilidad que admiramos, nos dijeron que era una distracción para los estudios. La Jo era la más “tevita” y fue tanta su insistencia, que le tuvimos que regalar uno, pero muy restringido. Mientras que Diego chico quiso uno, sin embargo, nunca tuvimos problemas porque muy responsable él, si tenía que estudiar o hacer tareas, no lo encendía. Pero lejos, la Ángela fue siempre la más fanática del televisor. Le pusimos uno en su pieza y  se transformó en un motivo de preocupación porque se mezcló su especie de obsesión con sus problemas de insomnio. Seguir leyendo »

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Siempre he sido muy sana. Casi ni me resfrío, tengo, lo que se llama vulgarmente, “guata de cachureos” porque nunca me duele el estómago. Tengo todos mis dientes (muelas del juicio incluidas) y apenas tengo una tapadura; mi vista es privilegiada según el oftalmólogo  y no tengo idea lo que es la alergia. Sin embargo, a los 44 años me diagnosticaron cáncer a una mama.

Lo primero que pensé cuando el doctor me dijo que palpaba una “pelotita” en una de mis pechugas es qué iba a ser de la Ángela sin mamá, tan chiquitita. Lloré mucho pensando sólo en ella. No pensaba en mi, en los otros niños ni en Diego. Sólo en ella, porque Matías y Mareclo ya tenían sus vidas encaminadas. La Jo ya no dependía de mí, su madrina se la llevaba en los veranos a playas exquisitas, en el invierno a la nieve y vivían pendientes de ella. Diego chico siempre estaba con su papá, eran los compiches más grandes, pero mi guagua… Seguir leyendo »

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Me acuerdo como si fuera hoy la primera vez que la Jo se enamoró. Tenía 12 años y sufrió más que protagonista de teleserie venezolana, a pesar de que el niñito estaba loquito por ella. Mi pobre hija salió sufrida para el amor, pero eso me hizo pensar en cómo sería cuando la Ángela empezara a pololear y más aún, cuando se case. Seguir leyendo »

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No sé si es por genes o por la gran actividad diaria, pero siempre he sido flaca. Incluso cuando estaba embarazada, nunca me compré ropa maternal, sino que usaba hasta el último día ropa más suelta. Tampoco sé si es por genes o por la cercanía con mis hijos, pero siempre me vi más joven de lo que realmente era. Sí, soy una afortunada.

Debe ser por eso que un día que mi tía Rosita (una segunda abuela para mis hijos y una segunda madre para mí) me invitó a la peluquería y estaban haciendo una sesión fotográfica con una modelo profesional, se me acercó una niña (que después me enteré que era productora de modas) y me preguntó si me podían hacer algunas fotos. Lo encontré muy chistoso así que accedí, sin siquiera sospechar lo que ese inocente acto implicaría.

Se me acercó un fotógrafo con una cámara intimidante. Llegó el dueño de la peluquería y la productora y mientras conversaban, me peinaron y me maquillaron de forma muy teatral y cuando estuve lista, acarrearon paraguas, focos y empezó el show. Sentía una extraña mezcla de vergüenza y sueño cumplido, porque seamos francas ¿quién no ha soñado con un ser una top model alguna vez en la vida? Bueno, yo sí y lo estaba cumpliendo, aunque fuera por jugar un rato. Seguir leyendo »

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Creo en Dios y Diego no, aunque tiene una vida espiritual que llena con yoga, meditación y ayunos para purificar su cuerpo. A pesar de pensar muy diferente, nos respetamos y él nunca puso problemas para bautizar a los niños, nos casamos por la Iglesia y nuestros hijos van a colegios católicos (de curas y monjas). Si bien yo no comparto mucho sus prácticas, no es tema. Así nos conocimos, así nos enamoramos y así formamos una familia. Seguir leyendo »

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Cuando conté que estaba embarazada de la Ángela sé que fue contraproducente para más personas de las que se manifestaron. Varios se guardaron su opinión por respeto o prudencia y creo que otros simplemente porque no se atrevieron y de alguna manera, en algunos momentos me contagiaron con su pesimismo. Muchas veces pensé en que ya no estaba en edad, que ya no tendría paciencia, que la diferencia de edad iba a ser una gran barrera y un montón de otras razones por las que en definitiva, iba a ser la peor de todas las madres y mi embarazo, por lo tanto, era de una irresponsabilidad única.

Admito que ese sentimiento perduró hasta que la Mocho “se independizó”, o sea, cuando empezó a caminar. No me sentía más cansada ni con menos energía. Mi relación con ella era igual de fuerte que con el resto de mis hijos y no me sentí en ningún momento lejana generacionalmente a ella, a pesar de que era evidente la diferencia de edad sino todo lo contrario.

Con mis hijos (hombres) siempre fuimos compinches y con la Jo cómplices, cercanas. Con todos estaba (y estoy) muy conectada, sin embargo, con el paso del tiempo me fui dando cuenta de que con la Ángela había algo especial, que no tenía que ver con el amor porque amo a todos mis hijos con la misma intensidad –quizá de diferente forma por sus necesidades y personalidad-. Seguir leyendo »

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Cuando Marcelo nos dijo que se casaba, fue como si nos hubieran tirado un balde agua fría encima. Tenía apenas 22 años, una carrera a medias y no trabajaba. Llevaba un par de años pololeando con una niña amorosa, pero para ser franca, no lo que cualquier mamá quiere como mujer de un hijo. Como polola estaba bien, pero era inmadura, un poco dominante y se había mandado un par de “numeritos” que dejamos pasar para no hacer sentir mal a Marcelo.

Por más que lo conversamos con él, poco sacamos, era una decisión tomada. Diego le consiguió trabajo –no muy bien pagado- y le hizo prometer que terminaría la universidad. Nos preocupaba dónde iban a vivir, pero nos convencieron que era “su problema”. Es una época que recuerdo con un poco de angustia, más ahora, que me doy cuenta de que teníamos razón y que quizá debimos presionar más para que no se casaran. Seguir leyendo »

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Estoy convencida de que cada niño viene con su personalidad definida y durante la vida sólo la desarrolla de acuerdo a las circunstancias que les toca vivir. En ese sentido, creo que se les debe potenciar los intereses y aptitudes. Pero también creo que los adultos, sobre todo los papás, podemos crear ciertos hábitos que los condicionan de por vida.

Por ejemplo, desde el primer cumpleaños y Navidad, yo les compraba los regalos “entretenidos” a los niños mientras que Diego siempre les compró libros. Él, como un lector voraz, quiso traspasar a nuestros hijos esa excelente costumbre. De hecho, le encantaba cuando alguno de los niños, por ejemplo, llegaba contando sorprendido que en la casa de tal amiguito no había libros. Seguir leyendo »

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