04 de 09 de 2012

Mamá a los 40

La semana  pasada les contaba de mis contradicciones luego del nacimiento de la Angela. ¿Estudiar idiomas tal como lo tenía planeado antes del embarazo o seguir con el vuelo de la crianza? Luego de conversarlo con mi familia, la familia de Diego, amigos, amigas y con quien se cruzara por delante, la opción era una: dedicarme a mi hija recién nacida. Sin embargo, después de preguntarle a Diego, los niños y la nana, la respuesta fue unánime: “estudia”.

Según Diego los “niños” ya estaban grandes y no me necesitaban, lo que me dejaba tiempo para dedicarle a la Angela. Mis hijos mayores me dieron todo el apoyo del mundo y hasta se distribuían el tiempo para cuidar a su hermanita en mi ausencia. Además, Matías, con un argumento que todavía, después de todos estos años me emociona hasta las lágrimas, me dijo que yo era la mejor mamá del mundo y que había dedicado mi vida a serlo y que darme un par de horas a la semana a mi misma no cambiaría eso. Por último, la nana (mi Marta adorada, te mando un beso porque sé que nos acompañas) me dijo que ella ya había hecho la práctica cuatro veces, así que la “Mochito” no significaba trabajo extra.

A pesar de que siempre me he sentido muy afortunada y bendecida por la familia que tengo, creo que nunca me sentí tan amada, comprendida y apoyada como ese día.
Cuando iba camino al instituto todavía no estaba 100% convencida. Rondaban en mi cabeza las frases de los amigos, amigas y de las familias. “Una guagua recién necesita a la mamá”, “¿cómo lo vas a hacer con la leche?”, “no vas a durar nada porque al final, te vas a quedar en la casa con la guagua”… Y claro, ¡si también tenían razón!  Nadie me lo decía de mala onda. Creo que fue el viaje más corto y más largo al mismo tiempo.

Incluso estuve un rato afuera sin poder entrar, hasta que una señora amable afirmando la puerta me preguntó si iba a entrar. Sin esta 100% convencida me matriculé además con el peso que significaba el cargo de conciencia que tenía porque si abandonaba a mitad de año, era plata perdida y con cinco niños -dos en la universidad- claramente era una irresponsabilidad.

Cuando llegué a la casa, estaban todos en sus piezas, estudiando, haciendo tareas, menos Angela, que por primera vez me estiró sus bracitos y me regaló una mega sonrisa que jamás voy a olvidar. Mi hija menor también aprobaba que estudiara. Y el tiempo nos dio la razón.

0 comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

Lo último